
Este departamento respondía a una organización que separaba usos y personas. La cocina, aislada del resto de la casa, dejaba fuera de la vida cotidiana actividades que hoy forman parte del encuentro y la convivencia.
La intervención propuso reorganizar los espacios desde otra lógica: integrar la cocina al estar–comedor para construir un ámbito continuo, donde cocinar, conversar y recibir suceden de manera natural en un mismo plano.
La operación fue precisa y medida, respetando la estructura existente y redefiniendo su sentido. Cada decisión buscó acompañar una forma de vivir más actual, donde el espacio no impone jerarquías sino que facilita el uso compartido.
El resultado es un departamento más abierto, más flexible y más coherente con la vida contemporánea. Un espacio que funciona mejor porque fue pensado para cómo vivimos hoy.







